En septiembre de 2025 se publicó laDirectiva (UE) 2025/1892que modifica la Directiva 2008/98/CE sobre los residuos. Es la segunda modificación de dicha directiva tras la publicación en 2018 de la Directiva 2018/851, aquella en la que se estableció por primera vez la definición de residuo alimentario (food waste) en la UE.
La nueva directiva tiene como objetivo ampliar y mejorar las actuaciones de los estados miembros vinculadas a la prevención y gestión de los residuos alimentarios y textiles. Nos ceñiremos aquí a los primeros.
La directiva establece que los estados miembros deben impulsar acciones relativas a la prevención y sensibilización sobre los residuos alimentarios, orientadas al cambio de hábitos, al fomento de la donación de alimentos y la cooperación entre los diferentes agentes de la cadena alimentaria.
Establece que se deberán promover programas de prevención, coordinados entre administraciones, empresas, entidades sociales y consumidores, y se fomentará el desarrollo de soluciones tecnológicas y prácticas innovadoras.
Fija unos objetivos de reducción para 2030:
Del 10 % de los residuos alimentarios en la transformación y fabricación.
Del 30 % de los residuos per capita en la distribución y consumo (en hogares y en restauración, colectividades, etc.).
En ambos casos la referencia será el promedio de residuos alimentarios de los años 2021 a 2023.
Vista de la generación de restos en el procesado de cardo para una industria congeladora en Navarra. Actualmente estos restos (subproductos) se destinan a alimentación animal, por lo que no se contabilizan como residuos alimentarios.
Cada Estado deberá hacer un seguimiento y evaluación de la efectividad de las medidas adoptadas, midiendo y reportando los niveles de residuos alimentarios. Tanto para el seguimiento como para establecer los niveles de partida, la directiva remite al empleo de las metodologías de medición recogidas en la Decisión Delegada 2019/1597, de la que ya se ha hablado repetidamente en este blog.
Los objetivos fijados por la directiva son menos ambiciosos que los establecidos en España a través de la Ley 7/2022 de residuos y suelos contaminados (transposición de la Directiva 2018/98), recogidos también en la Ley 1/2025 de prevención de pérdidas y desperdicio alimentario, en las que se habla de lograr «una reducción del 50 % de los residuos alimentarios per cápita en el plano de la venta minorista y de las personas consumidoras, y una reducción del 20 % de las pérdidas de alimentos a lo largo de las cadenas de producción y suministro para 2030, respecto a 2020″.
Es posible que esto obligue a modificar las normativas españolas para armonizarlas con las europeas. Por otro lado, en la nueva directiva se indica que en 2027 la Comisión revisará las metas para 2030 y estudiará nuevos objetivos para 2035.
Recientemente el físico, investigador y divulgador Antonio Turiel ha publicado «El futuro de Europa (2024)». Después de sus dos obras anteriores, «Petrocalipsis (2020)» y «Sin Energía (2022)», en este libro insiste en sus argumentaciones sobre el agotamiento de los recursos energéticos de carácter fósil, la inconsistencia, inviabilidad y falta de realismo de las estrategias de transición energética planteadas en Europa y en España para paliar dicho agotamiento, diseñadas sin poner en cuestión el sistema económico global, los niveles de consumo de materiales y energía actuales, ni el dogma del crecimiento. Insiste en la necesidad de impulsar un cambio más profundo y estructural, que pasa por plantear estrategias planificadas y ordenadas de decrecimiento, que permitan, con un consumo menor de materiales y energía, hacer frente a las necesidades básicas de la humanidad en un marco de mayor equilibrio con lo que la biosfera nos puede proporcionar.
El libro se centra en Europa, un continente envejecido, con una industria en retroceso frente al auge de otros países (China particularmente), incuidos los sectores vinculados a las energías renovables eólica y fotovoltaica, con escasez de recursos energéticos y de muchos de los materiales necesarios para la transición energética tal y como está planteada. Habla de la falacia y la imposibilidad de la descarbonización y electrificación absolultas, de las limitaciones del uso de biomasa y la previsible burbuja económica que se puede generar alrededor de los biocombustibles, destaca la inexitencia de una estrategia adecuada para hacer frente a la caída de la disponibilidad del diesel, esencial en el transporte, en la minería, en la agricultura, etc.
Y plantea ideas sobre la necesidad de reindustrializar Europa en base a un modelo económico claramente distinto, dejando atrás el dogma del crecimiento a ultranza, impulsando una regulación mayor de sectores estratégicos desde lo público, empleando tecnologías apropiadas, reduciendo inevitablemente la escala de producción, impulsando las operaciones de reutilización y reciclaje. Dedica varios capítulos al transporte de mercancías y movilidad de personas, señalando que están abocados a verse reducidos notablemente, tanto en frecuencia como en distancia. Sobre todo el transporte aéreo y también por carretera (pone en tela de juicio la posibilidad de la generalización del uso particular de los vehículos eléctricos), en favor del ferrocarril, del transporte fluvial (no en toda Europa, difícilmente en España, Italia o Grecia), del cabotaje costero y del transporte marítimo (a menor escala que el actual, con el retorno progresivo de las velas y del viento como agente impulsor). También dedica un capítulo a la necesidad de desarrollar una electrónica sostenible, señalando que la miniaturización incesante de los chips tiene sus límites en los costes energéticos que implica, en la imposibilidad de reciclado de materiales que provoca, incluso en las imposiciones de la física cuántica; y que la fabricacion de chips, siendo imprescindible, deberá orientarse a permitir garantizar los sitemas de funcionamiento críticos en esta sociendad nuestra tan compleja y frágil al mismo tiempo. Chips de mayor tamaño, con menor capacidad de proceso, pero más robustos, viables y sostenibles.
El capítulo 16 está dedicado a la «La desindustrialización del sector primario». Aunque el autor reconoce que la materia se aleja de su ámbito de conocimiento, en este breve capítulo desgrana algunas ideas interesantes sobre lo que puede ser el futuro del sector primario en Europa. Turiel comienza diciendo algo muy evidente pero a veces poco resaltado y es el hecho de que nuestro modelo de agricultura y ganadería industriales requieren un consumo de energía (fósil) muy elevado, concretado en los fertilizantes (los extraídos en explotaciones mineras de fosfatos y potasas; los derivados amónicos producidos a partir del gas natural) y en las grandes cantidades de diesel empleadas por la maquinaria agrícola. Todo esto se describió más detalladamente en una entrada anteriordedicada a un libro de Vaclav Smil.
Inciso: en relación a los fertilizantes, en el capítulo 2 – La crisis ambiental, Turiel señala cómo el uso masivo de fertilizantes nitrogenados y de fosfatos en la agricultura industrial ha modificado de forma muy sustancial los flujos biogeoquímicos correspondientes al ciclo del nitrógeno y al ciclo del fósforo. Estos flujos biogeoquímicos constituyen uno de los 9 indicadores ambientales empleados para definir los límites planetarios. Señala que 6 de los indicadores estarían ya sobrepasados.
Turiel aboga por un sector primario en el que se apueste por una agricultura regenerativa y resiliente, que reduzca drásticamente el uso de fertilizantes y fitosanitarios. Señala que se deberá tender a cultivar lo verdaderamente importante, que no todos los cultivos serán igualmente viables, que habrá que ir abandonando aquellos que sean «de nicho, de lujo o de poco valor añadido». También opina que se deberán producir y consumir menos poductos de origen animal, garantizando siempre el bienestar de los animales. En este tema no entra en profundidad, pero piensa que deberá tenderse a reducir la escala de la producción agroganadera, haciéndola virar hacia explotaciones pequeñas y medianas, medioambientalmente más optimizadas, con menor impacto. También apuesta porque se fomente la alimentación de temporada y de proximidad, de tal forma que se consuma de una forma más equilibrada con las posibilidades de producción dentro de unos canales de distribución más cortos (y, por lo tanto, con menos pérdidas y desperdicio, aunque no los nombra de forma explícita).
Un aspecto relevante en el capítulo es el dedicado a analizar las posibilidades de mantener el nivel actual de mecanización de la agricultura europea, que es un elemento determinante en la productividad agrícola. Señala como poco probable que se pueda lograr con éxito su electrificación, ya sea con baterías, ya sea a través de conexión directa mediante cable a la red eléctrica. En el primer caso porque las baterías requeridas serían muy grandes y pesadas; en el segundo porque no se podría extender la red de forma tan masiva; y en ambos casos porque implicaría un consumo de materiales imposible. Indica que a medio plazo habría que apostar por la sustución del diesel por biocombustibles. Pero que el alcance de su uso nunca podría sostener la cantidad y tamaño de la maquinaria empleada actualmente.
En parte derivado de lo anterior, Turiel señala que la población trabajadora en el sector primario, que de media en Europa supone el 3,6 % de la población activa, tendrá que aumentar sustancialmente, hasta el punto de afirmar que el proceso de urbanización al que hemos asistido en las últimas décadas se detendrá e, incluso, se revertirá, al menos en las grandes ciudades. Opina que este proceso será fuente de dificultades, conflictos y desafíos, pero también de oportunidades.
Porcentaje de la población activa dedicada a la agricultura (cuarto trimestre de 2023. Fuente: Instituto Nacional de Estadística)
En la parte final del capítulo afirma que para que el sistema alimentario europeo sea sostenible medioambiental, social y económicamente, debe articularse a través de unas reglas de mercado que no provoquen la actual dependencia de Europa con respecto a insumos provenientes de zonas lejanas así como de los mercados globales donde unos pocos agentes fijan el precio y colocan los productos. Señala que el modelo actual no se va a poder sostener en un mundo de descenso energético y material, que habrá que modificar las citadas reglas para reducir el tamaño de los circuitos de distribución, acortar las cadenas, favorecer la venta directa y de proximidad, y asegurar un pago suficiente y justo a los productores.
En este sentido, afirma con rotundidad que el tiempo de la producción de alimentos a bajo precio se acaba. Que lo lógico es que el precio de los alimentos se eleve. Que esto es bueno en el sentido de que podría volver a dignificar el trabajo en el sector primario lo que a su vez podría favorecer esa transición necesaria hacia un modelo más sostenible. Pero que evidentemente esto tendrá consecuencias importantes en las posibilidades de consumo de las familias. Tendremos que gastar más en comer y menos en otras cosas. La renta disponible para productos distintos de la alimentación disminuirá, y por lo tanto la demanda de dichos productos también lo hará, redundando en el hecho de que la producción industrial en su conjunto esté destinada a un descenso. En definitiva que deberiamos ir hacia un mundo menos complejo, más sencillo, menos consumista, más centrado en satisfacer las necesidades reales de las personas, un mundo en el que la producción se equilibre mejor con las posibilidades reales del entorno en el que vivimos.
Hace unas semanas tuvimos oportunidad de acudir y participar en Donostia-San Sebastián en la XIII Jornada de Sostenibilidad organizada por el BCC Innovation, centro tecnológico en gastronomía de Basque Culinary Center en colaboración con la Diputación foral de Gipuzkoa y la Fundación Biodiversidad.
En esta entrada hacemos referencia a cuatro iniciativas en materia de sostenibilidad y economía circular en el ámbito alimentario que fueron presentadas en una mesa redonda muy interesante.
Joan Capilla, presentó el Hotel Restaurante L’Algadir, situado en pleno parque natural del Delta del Ebro. Ejemplo muy relevante de gastronomía circular y sentido común, desde sus origenes en este establecimiento se trabaja con un radical compromiso por la sostenibilidad ambiental, social y económica. Este año ha recibido una Estrella Verde Michelin. Muy impresionante todo lo que hacen…
Javier Jiménez, vino de Canarias para presentar Effiwaste, una empresa de reciente creación que ha desarrolado un software de uso de datos para la optimización de menús y reducción de desperdicio en canal HORECA. Llevan poco tiempo pero parece que les está yendo muy bien.
Ganix Berazadi presentóEkolio (Zarautz). Una empresa muy interesante que se dedica a la recogida y acopio de aceites de fritura de restaurantes. Tras su acondicionamiento (filtración y deshidratación) la empresa vende en cisternas estos aceites a industrias de biodiesel. Muy interesante porque la empresa viene a solucionar la problemática que tienen estas industrias a la hora de recibir un suministro adecuado y regular de este tipo de aceites, que se originan de forma muy atomizada, y que presentan problemas de contaminación con sólidos y agua.
Ana Marcos vino desde Gijón para presentar Panduru, una pequeña empresa de repostería circular. Ana y Elena Fernández, partiendo de pan excedentario de panaderías artesanales, el pan que se elabora cada día pero que por cualquier razón no sale a la venta, elaboran productos diversos como galletas, pastas, bizcochos, rocas y tabletas de chocolate… Los venden en su obrador, así como en ferias y tiendas de proximidad de diferentes localidades de Asturias. También ofrecen servicios de catering en eventos, así como organizan y participan en talleres y jornadas sobre desperdicio alimentario, economía circular, sostenibilidad, economía social y emprendimiento.
En su informe enfatizan la necesidad de que la UE sea más ambiciosa en sus políticas y objetivos de reducción de los residuos alimentarios. En esta entrada nos queremos centrar en la parte del informe en la que aportan un diagnóstico bastante interesante de los datos existentes en la UE. Analizan datos de toda la cadena alimentaria a partir de diferentes fuentes ya citadas previamente en este blog:
– Para el sector primario emplean los datos del informe de pédidas de WWF-UK (2021).
– Para el sector de procesamiento emplean los datos recogidos en el diagnósitico de residuos realizado en el proyecto europeo FUSIONS (2016).
– Para los segmentos de distribución, servicios de comida y hogares emplean los datos del primer informe de laUNEP (2021) sobre el índice de desperdicio de alimentos.
El resultado se resume en estas dos figuras:
Nos parece que tiene interés porque concluyen que, a su juicio, en las estimaciones actuales de la UE no se contabilizan cantidades muy importantes de productos alimentarios. Se refieren fundamentalmente a productos agrarios que produce el sector primario que no quedan recogidos en las estadísticas de la UE porque quedan fuera de la definición de alimento (las plantas antes de la cosecha) y por lo tanto también de la definición de residuo alimentario. Vendrían a ser las «pérdidas de alimentos», para las cuales no hay todavía una definición en la UE, y que sí se han definido en España en el proyecto de ley estatal de prevención de las pérdidas y el despercicio alimentario.
En las figuras se observa que la parte que sí entraría a formar parte de la definición de residuo alimentario de la UE sumaría un total de 77 millones de toneladas, de las cuales un 42 % (32,5 millones) se generarían en los hogares. Al incorporar la parte «no medida», los productos agrarios que quedan en las explotaciones, que por ello no se pueden considerar alimentos, quedando a su vez fuera de la contabilización de residuo alimentario; nada menos que 80 millones de t, la cifra total se duplica, alcanzando un valor enorme de 153 millones de toneladas. Estas «pérdidas de alimentos» representarían nada menos que el 53 % del total, de tal forma que la aportación de lo generado en los hogares seguiría siendo muy significativa, pero se reduciría a un 21 %.
Los autores enfatizan que al mismo tiempo que se produce esta pérdida y desperdicio de alimentos, en 2021 la UE importó cerca de 138 millones de t de productos agrícolas, por un valor de 150.000 millones de euros, y al mismo tiempo que 33 millones de europeos no pueden permitirse una comida digna cada dos días.
En definitiva, más allá de la fiabilidad de las cifras, lo que pone de relieve otra vez este informe es que hay una parte de la producción agrícola «perdida o desperdiciada», a la que se atiende poco, ya sea por desinterés, ya sea de forma deliberada, bien porque no se quiere poner de relieve para la opinión pública, bien porque es un problema al que es muy difícil hincarle el diente, dado que probablemente tiene su raíz en aspectos estructurales del modelo de producción y comercialización de alimentos, y en general del sistema económico en el que dicho modelo está inserto.
Para más información sobre esta problemática se puede acudir a otras entradas previas del blog como:
En esta entrada hablamos de la organización Enraiza Derechos, dedicada a promover una alimentación justa y sostenible y los derechos de las mujeres, y el trabajo que desarrolla en relación al desperdicio alimentario, que se puede ver en su página web YoNoDesperdicio, cuya visita es muy recomendable.
Yo No Desperdicio se puso en marcha en 2015 por lo que cuenta ya con un recorrido muy apreciable. En la web se puede acceder a abundantes recursos.
El apartado ¿Qué puedes hacer tú? es muy interesante. Tiene una guía y herramientas sencillas para hacer autodiagnósticos en el hogar del desperdicio alimentario, tiene orientaciones muy bien planteadas e ilustradas, para que seamos unos consumidores más responsables y minimicemos la comida que tiramos a la basura, con consejos en aspectos como: planificar bien la compra de alimentos, conocer los alimentos de temporada, usar de una forma racional la nevera, distinguir entre fechas de caducidad y fechas de consumo preferente, trucos, recetas de aprovechamiento de «sobras», etc.
En el apartado Actualidadse pueden ver noticias relacionadas con la lucha contra el desperdicio alimentario y actividades en las que la Enraiza Derechos participa, como actividades de sensibilización y diagnóstico del desperdicio en hogares, en centros escolares (comedores), desarrolladas en Madrid, en Castilla-La Mancha, en Euskadi.
En 2021 publicamos una entrada acerca del primer informe de la UNEP sobre el Índice del Desperdicio de Alimentos (Food Waste Index), que en 2019 se estableció en Naciones Unidas, junto al Índice de Pérdidas de Alimentos (Food Loss Index), como las principales referencias a utilizar en el seguimiento del grado de cumplimiento de la meta 12.3 de los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ver también entrada previa).
En esta entrada resumimos los nuevos datos disponibles en último informe publicado en marzo de este año (Food Waste Index Report 2024). Los resultados van en la línea del informe anteriormente citado, y parecen estar reforzados al proceder una fuente de datos más amplia.
Inciso: conviene recordar que, aunque en las definiciones de Naciones Unidas de pérdidas y de desperdicio alimentario se toma en consideración únicamente la fracción comestible de los alimentos, a efectos de estimación de los índices se incluyen tanto las partes comestibles como las no comestibles. Esto es por lo tanto lo que aparece representado en las cifras del informe.
Se recomienda, cuando es posible, aportar datos segregados. En este sentido en el informe se señala que, para el caso de los hogares, las escasas fuentes de datos disponibles indican que las partes comestibles oscilan entre un 31 y un 77 % del total.
También conviene indicar que en las definiciones de pérdidas y de desperdicio se incluyen aquellos materiales que se gestionan como residuos, mientras que aquellos que tienen un aprovechamiento económico a través de usos industriales o como alimentación animal quedarían excluidos de la definición.
En términos globales el desperdicio de alimentos a nivel mundial ascendería a 1052 millones de toneladas de alimentos, un 13 % superior a la cifra del informe de 2021 (931 millones de t). Esto supondría cerca de la quinta parte (19 %) de los alimentos disponibles para los consumidores, al que habría que añadir el 13 % de los alimentos que se pierden en las etapas previas de la cadena (producción primaria, manufactura y distribución mayorista), valor procedente de los datos proporcionados por la FAO sobre el Índice de Pérdidas de Alimentos (ver entrada previa).
Como se puede ver en la figura siguiente, la distribución del desperdicio entre los tres sectores de la cadena alimentaria que se contemplan en este índice queda prácticamente igual que en el informe anterior: el desperdicio en los hogares supondría el 60 %, seguido del producido en los servicios de comida (restauración, colectividades, hostelería, etc.) con un 28 %. El sector de la distribución y venta minoristas representaría el 12 % restante.
El informe emplea información de 288 fuentes de datos procedentes de 102 países. El segmento más estudiado es claramente el de los hogares con 194 fuentes de datos de 93 países (en el informe de 2021 fueron 52 países). Esto parece reforzar la idea ya muy consolidada de que los hogares son con diferencia el ámbito en el que el desperdicio es más importante.
También parece consolidarse la idea de que no hay relación entre el nivel de ingresos de los países y el nivel de desperdicio en los hogares, algo que ya se señalaba en el informe anterior y que venía a romper la idea previa de que en los hogares de países de bajos ingresos el desperdicio al final de la cadena era mucho más reducido que en los países ricos. En la figura siguiente, elaborada a partir de datos que aparecen en el documento anexo al informe, se puede comprobar esto:
Se afirma que hay indicios de una cierta relación entre el desperdicio per capita en los hogares y la temperatura media de los países. Parece observarse un mayor desperdicio en los países más cálidos. Se indica que puede deberse a múltiples factores, como por ejemplo al hecho de que en las regiones más cálidas se suele dar un mayor consumo de alimentos frescos con una gran fracción no comestibles, y a la falta de una cadena de frío adecuada. A mi juicio esta relación no está del todo demostrada, y el propio informe indica que debe tomarse con mucha cautela. Entre otras razones porque, aunque se ha mejorado en la cantidad de información disponible, solo algunas regiones del mundo parecen aportar datos con cierta fiabilidad (Australia, Estados Unidos, Japón, Reino Unido y la UE; Canadá y Arabia Saudí en hogares).
Se incluye la UE como región con datos fiables, y es cierto que se han hecho muchos esfuerzos, pero ya hemos indicado en alguna entrada anterior que queda mucho trabajo por hacer para unificar los métodos de medición en los estados miembros y contar con datos verdaderamente comparables entre unos y otros. En la siguiente figura se presentan los promedios de desperdicio en varios países europeos aportados en el informe de la UNEP. Emplean para ello datos procedentes de Eurostat y de otras fuentes. Se comprueba que hay importantes diferencias de unos países a otros y que no parece observarse ningún tipo de tendencia derivada, por ejemplo, de la situación geográfica o nivel de ingresos.
Conviene explicar que el dato de España (61 kg) viene a ser el doble al dato aportado por Eurostat (30 kg). Como se indicaba en una entrada anterior, la cifra española recogida por Eurostat procede del panel de Cuantificación del Desperdicio Alimentario en los Hogares, que evalúa fundamentalmente los alimentos que se tiran sin ser utilizados (en 2020 unos 23 kg per capita) más los restos de recetas cocinadas que no se aprovechan (en 2020 unos 7 kg per capita). Por lo tanto, es presumible que queden fuera de estas cifras la mayor parte de las partes no comestibles de los alimentos (pieles, huesos, etc.) que se retiran durante su cocinado o consumo. Esta es la presunción que hace la UNEP en su informe, en el que señala que recalcula el dato de Eurostat para incorporar en su estimación las partes no comestibles.
Para terminar, en el informe se afirma, entre muchas otras cosas, que hay que mejorar mucho los datos procedentes del segmento del servicio de comidas, que es muy heterogéneo y en el que conviven organizaciones y negocios muy diversos.
También que parecen observarse disparidades entre las zonas urbanas y las rurales, en el sentido de que en éstas últimas el desperdicio sería menor, quizá porque pueda haber un mayor desvío de los restos de comida hacia la alimentación animal (ganadería y animales domésticos) y el compostaje comunitario. No obstante, también se señala que hace falta más estudios en el ámbito rural para confirmarlo.
En definitiva, en el informe parece observarse un avance relativamente importante en relación a la cantidad y, en menor medida, la calidad de los datos disponibles, pero deja claro también que hay mucho camino por recorrer.